7.4.06

La dureza de la gente al hablar.

CAPÍTULO I

No han cambiado las cosas desde hace 50 años para acá. O al menos no en el nivel de la crueldad de la gente a la hora de criticar o despreciar a quién ellos consideran distinto o merecedor de sus críticas.

Cuando tenía 17 años, la gente me tachaba de lesbiana. Todo porque no me gustaba hablar con los chicos de la época, pues ninguno me reportaba ningún tipo de placer al conversar. Todos eran unos chulitos que querían lo que aún hoy siguen queriendo los hombres, aprovecharse de la primera que se lo ponga a huevo. Sin embargo, no fuí comprendida por las mujeres de mis tiempos mozos. Ellas en vez de ponerse de mi lado para defender su propia condición de mujeres y sus derechos como personas y renunciar a sus "obligaciones" como "objetos", se ponían del lado de los hombres.

Ellos, con sus razones y sus derechos, poco creíbles por cierto, comenzarón a regar como la pólvora mi condición de lesbiana. La cual de haber sido cierta, la habría llevado con la misma dignidad que la heterosexualidad o que cualquier otra, a fin de cuentas lo importante en la vida es vivir y hacerlo en paz para con todos y buscando la mayor cuota de placer y felicidad para uno.

Pero ante la dureza de las críticas y el disgusto de mi santa madre, decidí que lo mejor era emigrar a un lugar donde nadie me conociera y a ser posible nadie pudiera hacerle daño a los míos al acusarme de una condición sexual distinta, aún sin ser cierto. Me voy a Madrid. La capital de España, justo en plena post-guerra. Sin embargo se podía notar en el aire que las cosas eran distintas, que la gente pasaba olimpicamente de mí. No era nadie, la gente no me miraba ni me condicionaba, pero para mí había conseguido el mayor tesoro del mundo, mi felicidad en medio del anonimato.

Conseguí un trabajo como funcionaria y las cosas comenzaban a funcionar bien para mí. Aunque tuviera que tragar grueso por no confesar con el régimen que tanto daño le había hecho al país. Comence a conocer gente nueva e interesante, entre ellos por supuesto chicos de mi edad y de otras edades, que tenían sus trabajos y profesiones. Chicos que sabían conversar de casi cualquier cosa, y con los que me identifiqué rapidamente. Así en poco tiempo, me hice novia de uno de ellos.